Una muestra de la ineptitud y la increíble confusión conceptual del presente gobierno británico son las siguientes declaraciones de Jacob Rees-Mogg, diputado conservador y miembro del gabinete de Boris Johnson: el mercado europeo “no promueve el libre comercio, solo ejerce proteccionismo a escala europea”. Si la tarea hubiera sido promover el libre comercio, la existencia misma de la Unión Europea habría sido innecesaria y hasta contraproducente. Pero el mercado europeo y el libre comercio son dos cosas completamente distintas.
Por su parte, Boris Johnson no se cansa de proclamar las ventajas del libre comercio sobre el mercado europeo contra todas las evidencias pasadas y presentes.
Ambos políticos exhiben en la materia una ignorancia escandalosa. No es un asunto menor. Los líderes del brexit (la salida del Reino Unido de la Unión Europea) han emprendido una cruzada de graves consecuencias en nombre de algo que no terminan de comprender del todo.
Johnson es conocido por su diletantismo y ha cambiado tantas veces de posiciones como de camiseta. Confrontado por los periodistas acerca de los riesgos del brexit para la economía británica, respondió que la economía le importaba un bledo (lo expresó de un modo soez). Rees-Mogg, en cambio, es un conservador de vieja escuela que añora la grandeza perdida del Imperio. Muy temprano se ganó fama de brexiter duro (partidario de una salida de la Unión Europea sin acuerdo). Pertenece a la tradición de políticos británicos que se opusieron a la Unión Europea desde los primeros balbuceos comunitarios.[1]
Pero una cosa era vivir en los años cincuenta del siglo pasado cuando la Unión Europea daba sus primeros pasos (entonces se llamaba Comunidad Europea) y otra cosa es ser brexiter en nuestros días. En los años cincuenta no existía nada igual a las instituciones que se estaban forjando en Europa Occidental, ni antecedentes de acuerdos en tiempos de paz que implicaran cederle soberanía de manera permanente a instancias supranacionales.
Tampoco se conocía algo distinto a los tratados de libre comercio. El plus ultra de la época era firmar tratados de ese género con el mayor número de países posibles. Nadie podía imaginarse del todo hacia dónde se dirigía Europa Occidental. Incluso los promotores mismos de la idea comunitaria pensaban más en el efecto pacificador de los acuerdos luego de dos guerras terribles, que en el tipo original de mercado que derivó de esos acuerdos. El Reino Unido no creyó que perdía mucho al negarse a canjear soberanía a cambio de mercado, cuando podía entablar relaciones comerciales con terceros países sin comprometer nada fundamental.
Pero luego ocurrió lo siguiente: Europa Occidental avanzó con paso firme hacia un mercado común y una mayor integración política, es decir, hacia un modelo de relacionamiento entre naciones que era completamente novedoso (no existían antecedentes de algo así salvo, tal vez, la formación de Estados Unidos, pero en este último caso con un grado infinitamente menor de diversidad histórica, lingüística y cultural), mientras que el Reino Unido se dedicó a firmar tratados de libre comercio tal como acostumbraba hacerlo hasta la fecha. En 1960 creó la EFTA (European Free Trade Association) conjuntamente con otros seis países: Suecia, Portugal, Austria, Dinamarca, Noruega y Suiza.
Ahora sí existían dos modelos diferenciados que permitían contrastar resultados de acuerdo a su rendimiento económico, y el mercado común ganó por varias cabezas.[2] La diferencia fue tan evidente que todos los miembros de la EFTA terminaron solicitando su ingreso en la Comunidad Europea (salvo Suiza y Noruega que mantienen una condición cercana a la pertenencia). ¿Qué lecciones sacaron de estos hechos los políticos británicos en la época? Ninguna tan concluyente como se podría haber esperado frente a resultados económicos tan claros. Pocos se tomaron el trabajo de entender las razones de fondo.
El Reino Unido finalmente ingresó en la Comunidad Europea en 1973, en medio de una seria crisis económica y social. La reticencia, sin embargo, se mantuvo; la moción de ingreso se aprobó en el Parlamento por una mayoría de apenas 8 votos. Según el historiador Brian Moynahan, varios parlamentarios votaron en favor del ingreso porque creyeron que la Comunidad Europea era una especie de zona de libre comercio sin una dimensión política. Y aunque el Reino Unido se benefició notoriamente con su incorporación, casi desde el inicio se enzarzó en una disputa acerca de los aportes que debía girar a Bruselas.[3] Son célebres las palabras de Margaret Thatcher “I want my money back” (devuélvanme mi dinero) que lanzó en una reunión cumbre de la Comunidad Europea en 1980, en la que finalmente obtuvo un descuento.
Posteriormente, Bruselas y varios países miembros hicieron presión para eliminar el descuento aduciendo que el aporte británico no se correspondía con el verdadero tamaño de su economía, pero se encontraron con la negativa cerrada de todos los primeros ministros que sucedieron a Thatcher. Por su naturaleza, este tema se prestaba fácilmente para agitar sentimientos antieuropeos. Bastaba exagerar los montos para acusar a Bruselas de robarle el dinero a los contribuyentes británicos. Y eso fue exactamente lo que ocurrió durante la campaña del brexit. El equipo de Boris Johnson pintó una cifra inflada en las paredes de un autobús y recorrió Gran Bretaña proclamando que el brexit permitiría recuperar ese dinero para obras sociales.
Volviendo al encabezamiento, ¿en qué se diferencian el libre comercio y el mercado comunitario? Wikipedia da una definición sobre el libre comercio que vale la pena reproducir: “En el ámbito exterior, el comercio libre es la vía opuesta al proteccionismo, y se basa en la ausencia de aranceles y de cualquier forma de barreras comerciales (contingentes, cupos, reglamentos gubernamentales, requisitos teóricamente sanitarios o de calidad) destinadas a obstaculizar el intercambio de productos entre países que funcionan como unidades económicas separadas (mercado nacional) por efecto de su legislación, de su moneda, de sus instituciones económicas, etcétera”.
Sugiero que se preste atención a la segunda parte de la definición porque ahí está justamente el punto que divide las aguas: los tratados de libre comercio se firman entre “unidades económicas separadas” que no tienen la intención de fundirse en una sola. El mercado europeo, en cambio, cumplió la primera parte y la superó ampliamente al fundir todos los mercados nacionales en un único mercado a escala continental. Ya los cuatro requisitos obligatorios para integrarlo: libertad de desplazamiento de personas, servicios, mercancías y capitales, lo distingue completamente del libre comercio. Uno de los ejes centrales de la campaña del brexit fue precisamente suprimir esos cuatro requisitos y empezó haciendo hincapié en el primero para sacar beneficios de prejuicios xenófobos.
El mercado europeo hizo aún más cosas: fue ajustando las disposiciones para permitir una integración cada vez mayor y aprovechar las ventajas de la producción en escala. Todo esto pertenece al “abc” de la economía y debería estar en la mesa de luz de los políticos del brexit: la producción de bienes se abarata cuanto más unidades se produzcan y eso aumenta exponencialmente si las disposiciones sobre requisitos de calidad, sanidad, medio ambiente, etcétera, se armonizan para todo el espacio europeo.
Esa es justamente una de las tareas centrales y más exitosas de las instituciones comunitarias. Es la misma que antes realizaban los gobiernos nacionales para sus respectivos mercados pero de un modo mucho más eficaz, porque se aprovechan las ventajas que ofrece la enorme diversidad de experiencias, investigaciones, desarrollos tecnológicos, etcétera. El último eslabón de esta cadena fue la creación del euro, que eliminó los riesgos de tipo de cambio y los costos de conversión y se transformó en la segunda divisa de reserva más importante detrás del dólar (tiene problemas de factura mal resueltos pero esto escapa al tema que estamos tratando). De modo que la injerencia de las autoridades comunitarias en el mercado no sólo no es arbitraria, sino que responde a la intención de hacer más eficiente y más competitivo al mercado europeo.
La ignorancia sobre estos asuntos ha servido para pintar a las instituciones de la Unión Europea como un gran pulpo burocrático que ahoga a Europa con disposiciones absurdas. Incluso en el interior de los países miembros más comprometidos con el proyecto europeo han surgido voces que critican un exceso de burocracia y ridiculizan algunas disposiciones reglamentarias. Hace unos años el motivo de burla fue la curvatura de los pepinos (la autoridades dispusieron que los pepinos no fueran demasiado curvos para facilitar el embalaje). Sin embargo, una mirada más detenida y bien intencionada demuestra que el esfuerzo de armonización del mercado se realizó de manera consensuada y responsable, y con la suficiente competencia y flexibilidad para reconocer errores y corregirlos.
Los acuerdos de libre comercio no ofrecen nada parecido. El mejor tratado que firme el Reino Unido con quien sea, China, Japón o Estados Unidos,[4] jamás le compensará lo que pierda si abandona el mercado europeo. Lo que terminará ocurriendo será que tendrá que aceptar las disposiciones que le impongan mercados mucho más grandes y poderosos, entre ellos la denostada Unión Europea, pero sin pertenecer a ninguno de los gremios que adoptan esas disposiciones. En los tiempos que corren, ¿hay alguna lesión más grave que esa para la soberanía del Reino Unido?
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[1] En 1950, el ministro francés de Relaciones Exteriores, Robert Schuman, invitó al gobierno del laborista Clement Attlee a participar en las negociaciones que condujeron a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, embrión de la actual Unión Europea. El gobierno británico declinó la oferta con argumentos parecidos a los que se utilizan actualmente para promover el brexit.
[2] Desde 1953 hasta mediados de los sesenta la producción industrial del Mercado Común creció un 78% mientras que la británica sólo alcanzó un 30%.
[3]Se trata de los aportes que realiza cada Estado miembro. Existen pagadores netos -países que aportan más de lo que reciben-, y receptores netos. La mayor parte de este dinero se destina para ayudar a los países y las regiones más débiles.
[4] Trump el ilusionista le ofreció a Boris Johnson las mejores condiciones del mundo. Sin embargo, entre la Unión Europea y Estados Unidos ya hay libre comercio. ¿Cuánto más se puede ofrecer que supere lo existente?