Una cuestión de términos

Al final del mandato de José Mujica, la versión online de la revista alemana “Der Spiegel”, una de las más influyentes del país, publicó una nota con el siguiente título: “El presidente más pobre del mundo deja su cargo”. Una vez más afloró la muletilla que la prensa extranjera adjudicó a Mujica desde que se conoció el lugar y modo en que vivía. El punto de partida fue probablemente un vídeo de un equipo de noticias coreano que mostraba su vivienda en completo desorden y con manchas negras de humedad en las paredes. La perra renga, los pastizales crecidos y el estilo desaliñado de su propietario en indumentaria y expresión oral contribuyeron a fortalecer esa imagen. Desde entonces los medios de prensa y personalidades del arte y la política de todo el mundo hicieron cola para visitar su chacra y añadir más extravagancias a la descripción de su persona. A excepción de la legalización del cannabis, no es frecuente que la prensa internacional aluda a frases o actos de Mujica como expresión de su pensamiento político y su gestión de gobierno. Lo que produce más interés, extrañeza y, según el caso, deslumbramiento, son su estilo campechano, sus prédicas moralizantes y su modo de vida.

Sin embargo, la muletilla en cuestión se basa en una confusión de términos. Como presidente de la república, y anteriormente a su nominación y nuevamente ahora como senador, recibió y recibe uno de los sueldos más elevados del país. La decisión de donar parte del mismo y permanecer viviendo en la chacra de su propiedad, en lugar de trasladarse a la más espaciosa y mejor cuidada residencia presidencial de la avenida Suárez fue voluntaria, del mismo modo que es voluntaria su decisión de mantener desordenada su vivienda y no combatir las humedades. Mujica está en la posición privilegiada de poder solventar los gastos en que incurra en caso de que quiera modificar sus condiciones de vida.

Contra la imagen edulcorada que se forjó de su persona, hay dos atributos que no se corresponden de ningún modo con la figura del ex presidente: humildad y pobreza. La humildad tiene tres acepciones. La primera se refiere a la condición de pobre que no se elige; depende de la casualidad o la mala fortuna y no tiene nada que merezca idealizarla; no es ni fue nunca la situación de Mujica. La segunda hace alusión a una actitud sumisa que, como es de dominio público, está lejos de formar parte de su carácter. La tercera atañe al conocimiento de las propias debilidades y aptitudes sin vanagloriarse de ellas. Se suele contraponer esta cualidad a la soberbia. Expresiones tales como “logré que el Uruguay exista… lo puse en el mapa“, el uso desenfadado de la primera persona del singular para referirse a decisiones de gobierno (que según la Constitución necesitan de la anuencia del ministro de la cartera correspondiente), o la advertencia de que cuenta con 30 legisladores detrás suyo como si se tratara de un pequeño batallón privado que le responde sin fisuras, no hablan de una personalidad que refleje modestia. La respuesta de Mujica a preguntas que le hicieron sobre este atributo en un foro organizado por la BBC Mundo confunde aún más las cosas: “La humildad es una filosofía que no pretendemos imponer a nadie, pero no damos concesiones”. De acuerdo al tercer significado de la palabra, es una contradicción en los términos ser humilde y proclamarlo.

En realidad eso que Mujica practica y predica no se llama pobreza, que es una condición y no una decisión voluntaria, sino quizás ascetismo, que por definición significa purificación del espíritu prescindiendo de los bienes materiales. O también abstinencia si su determinación incluye la renuncia a los placeres corporales (viene de la expresión latina “lejos del vino”). O también austeridad, que en ética significa privarse de aquello a lo que no se le ve sentido (esta última es tal vez la definición que más se ajusta al modo de vida y la personalidad de Mujica).

Ahora bien, estas cualidades que se le atribuyen y lo hicieron famoso fuera de fronteras no tienen ninguna trascendencia en las esferas de los asuntos compartidos (lo que los anglosajones llaman “aquello que nos debemos unos a otros”). Toda su prédica contra el consumismo es moralmente irrelevante en términos ciudadanos. La misma se reduce a preferencias de consumo que no tienen implicaciones sustanciales para la vida comunitaria. En nada influye en la vida de los demás ciudadanos que Mujica no pinte las paredes de su casa, como tampoco influye que su vecino se compre un televisor de pantalla plana de última generación. Distinto sería el caso si se viviera una situación excepcional de escasez compartida y se efectuase una apropiación desigual que afectase directamente la supervivencia de otras personas, pero no es lo que sucede en Uruguay.

En cambio, no ha realizado casi nada que vaya a perdurar en asuntos de verdadera relevancia moral. Muy poco de lo que su gobierno hizo para atenuar las desigualdades y las asimetrías -materias para las que Mujica se siente particularmente llamado según sus propias declaraciones- se escapó del horizonte estrecho que heredó de los gobiernos anteriores (incluidos blancos y colorados), y en algunos casos las agravó al proporcionarles a los sindicatos mayor capacidad de blindaje (véase FONDES). Hoy como ayer, el precio más alto lo siguen pagando los sectores excluidos. En este punto la prensa extranjera se mostró poco perspicaz.

Pero peor fue su ceguera en materias que desmienten muy crudamente la imagen que se divulgó de Mujica: su indisimulada ambición de poder personal unida a una concepción del poder reñida con la democracia. Los ejemplos abundan y están al alcance de la mano. La operación que realizó mancomunado con los comunistas para desplazarlo a Astori y ser postulado como candidato por el Frente; el estilo autoritario y excluyente (a veces en conflicto con el derecho) que usó en asuntos de primordial importancia para el país -el caso Pluna; la suspensión de Paraguay y la admisión de Venezuela en el Mercosur; el acuerdo por los presos de Guantánamo-; su disgusto expreso con la legislación vigente y la Constitución cada vez que encontró límites a su discrecionalidad; el tono a veces displicente, a veces insultante que empleó para referirse a líderes de la oposición y a miembros de la prensa local (y también a sus propios aliados, como ocurrió estos días al mencionar la postura de los sindicatos frente al TISA); su exhibición de absoluto desprecio por las restricciones que la Constitución les impone a los presidentes en ejercicio en las campañas electorales como si no le incumbieran; su despedida de la presidencia llena de advertencias contra su sucesor, en las que llegó a amenazar al nuevo gobierno con su batallón privado de legisladores (“no me llevan puesto”); las muestras de apego al cargo que dio en los últimos días de su mandato, muy distintas de las manifestaciones de desprendimiento que regaló a sus visitantes del extranjero; todo esto se encuentra fácilmente y remite a su ambición personal.

Respecto de su concepción del poder quiero mencionar algunos ejemplos. En una entrevista que publicó “La Diaria”, Mujica distingue entre gobierno y poder (“tener el gobierno no es tener el poder“), lo cual es totalmente improcedente proviniendo de un jefe de gobierno de un país democrático. Considerados sus propios antecedentes no puede ignorar que lo contrario de gobierno limitado se llama dictadura. En la misma entrevista reafirma esta idea al manifestar su deseo de que existan militares frenteamplistas. Lo argumenta en términos de lucha de clases como si la situación presente sólo fuera un impasse en el tránsito hacia un conflicto abierto en que una parte debe eliminar a la otra. [1] En el mismo orden de cosas se encuadra su apoyo al gobierno de Venezuela y su abierta preferencia por el peronismo en Argentina con argumentos ajenos a la convivencia democrática.

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[1] “Me puse un fierro a la cintura, le doy importancia a los fierros y quiero tener muchos fierros de mi lado, todos los que pueda. Algunas blancas palomitas se horrorizan. Que ‘el Ejército tiene que cumplir su labor institucional…’. Sí, sí, pero las clases sociales existen, querido, y los militares están para un lado o están para el otro.” (entrevista a Mujica en “La Diaria” del 5 de febrero de 2015).

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