Ruleta rusa

En Gran Bretaña es más fácil dejar la Unión Europea que divorciarte de tu cónyuge. Esas fueron las palabras del economista norteamericano Kenneth Rogoff al conocer el resultado del referéndum británico. Y añadió: para las democracias eso es jugar a la ruleta rusa. Pues bien, esa es exactamente la sensación que dejó la convocatoria del 23 de junio: Gran Bretaña jugó a la ruleta rusa y se suicidó.

Mucho se ha hablado y se seguirá hablando del enorme error en que incurrió David Cameron al convocar un referéndum completamente innecesario, con la única finalidad de disciplinar a un puñado de diputados rebeldes de su partido. Como dijo la escritora Joanne Rowling, Cameron pasará a la historia como el Primer Ministro que destruyó dos alianzas: la existente con la Unión Europea y la más preciada con Escocia que se remonta a 1707 (1). Del mismo modo se habla y se hablará por muchos años de la irresponsabilidad de líderes conservadores muy gravitantes, como el popular Boris Johnson, que se lanzó a la aventura del “Brexit” por ambición personal, sin calcular el costo que tendría abandonar la Unión Europea y sin ningún plan para el día después (es cada vez más fuerte la sospecha de que no pensaba ni quería realmente que prosperara la propuesta; para sus ambiciones políticas -suceder a Cameron- le bastaba una derrota por escaso margen). Michael Heseltine, destacado político conservador que fue ministro durante los gobiernos de Thatcher y Major, dijo sobre Johnson: Dividió al partido, provocó una de las crisis constitucionales más graves de los tiempos modernos y puso en juego millones de libras. Es como el general que conduce sus tropas hasta el frente para luego abandonarlas en el campo de batalla. De ahora en adelante deberá vivir con esa vergüenza (2).

Pero también son responsables de este desaguisado la inmensa mayoría de los políticos, las cámaras empresariales, los directores de la banca y el cúmulo de expertos que, sabiendo que el “Brexit” le iba a causar un daño irremediable a Gran Bretaña, no hicieron prácticamente campaña en favor de la permanencia en la UE, convencidos de que la razón iba a imponerse por sí misma sobre la irreflexión y la demagogia. Cuando cayeron en la cuenta de que la propaganda xenófoba de Nigel Farage, líder del partido populista Ukip, había calado muy hondo en amplias capas de la población, ya fue demasiado tarde (3).

Pero el asunto más importante sigue siendo el que menciona Rogoff: ¿cómo es posible que un hecho de tanta trascendencia como la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea, dependa de un procedimiento que se presta muy fácilmente a degenerar en vehículo de agitación populista?

Aquí volvió a demostrarse la naturaleza verdadera de este tipo de consultas. El referéndum (4) goza de un prestigio totalmente inmerecido: suele ser presentado por sus promotores como una instancia más democrática que la representación, pues permite que los ciudadanos se expresen directamente sin intermediaciones. Sin embargo, se olvida el carácter polarizante del mismo -sí o no, no caben compromisos ni alternativas-, y la formulación extremadamente limitante del objeto de la consulta que rebaja los asuntos a tratar a mera caricatura. Fue justamente porque impedía los compromisos que la filósofa alemana Hannah Arendt lo caracterizó como contrario a la democracia. Un dato significativo: de los 650 miembros de la Cámara de Comunes, apenas el 30 por ciento era partidario del “Brexit”. Es decir, no había ninguna correspondencia entre el ámbito constituído para discutir y evaluar los asuntos políticos gravitantes -y en el que se recaba la opinión de expertos, cabe resaltarlo-, y el resultado que arrojó la consulta.

No en vano fue el único instrumento de consulta admitido como legítimo por el jurista alemán, Carl Schmitt, cercano al nacionalsocialismo. Su preferencia por este procedimiento se debía a que permitía separar las aguas entre amigos y enemigos -a su entender, la esencia de la política-, mucho más eficazmente que cualquier otro mecanismo. Schmitt lo caracterizó de este modo: “Está en la naturaleza de las cosas que el referéndum sólo puede ser puntual e intermitente… El pueblo sólo puede decir sí o no; no puede consultar, deliberar o discutir… Por sobre todas las cosas no puede formular ninguna pregunta, sólo puede contestar con el sí o con el no las preguntas que se le formulen… La pregunta sólo puede venir de arriba, la respuesta de abajo…”. Esta descripción tan precisa vale tanto para las iniciativas que promueve el gobierno -fue el caso del “Brexit”-, como las que se inician a partir de la recolección de firmas. No es de extrañar entonces que sea pasto para los movimientos populistas (5).

¿Habría que suprimir el referéndum? Esa es una pregunta difícil de responder. En asuntos como el “Brexit“ se trató a todas luces del procedimiento equivocado. Si era inevitable convocarlo -claramente no lo era-, dada la importancia del tema se debió poner una vara muy alta tanto en el porcentaje de votantes de acuerdo al total de inscritos como de votos computados (por ejemplo, un 75 por ciento en ambos). Así se evitaba que la agitación populista tomara de rehén al país entero.

Esta preocupación nos toca directamente porque también en Uruguay el uso del referéndum tuvo efectos nefastos. Por ejemplo, la reforma de 1996, que afecta las reglas del juego democrático -aquellas que todos debemos compartir-, se realizó contra prácticamente la mitad de los votantes y hasta hoy padecemos sus consecuencias. Y aquí también se abusó del mismo para separar aguas entre amigos y enemigos, método de acumulación de fuerzas en que incurrió la izquierda tradicional cuando venció sus reparos históricos a la agitación populista. Otro defecto evidente de este instrumento tal cual está concebido en nuestro país es que invalida decisiones parlamentarias, como si la consulta directa -que, como vimos adolece de graves problemas-, tuviera más valor que las instancias representativas.

Sin embargo, hay ocasiones en las cuales el referéndum ahorra caminos comparado con mecanismos más engorrosos, por ejemplo, para aprobar reformas constitucionales. Pero en tales casos la vara debería ser bastante más elevada que la mitad más uno de los votantes. Al fin de cuentas se dirimen asuntos que nos incumben a todos, y todos sin excepción estamos condenados a compartir sus secuelas.

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(1) Los escoceses votaron mayoritariamente en favor de permanecer en la UE, lo que ha dado nuevos bríos al movimiento independentista. En Irlanda del Norte, donde también ganó la permanencia en la UE, el “Brexit“ amenaza con alterar la paz tan dificultosamente lograda entre los católicos -partidarios de unirse a Irlanda-, y los protestantes -apegados tradicionalmente a la corona británica.
(2) Las citas provienen de artículos de la revista spiegel y del tagesspiegel berlinés.
(3) Lo más infame de todo esto es que ni Johnson ni Farage se harán cargo del berenjenal que ellos mismo crearon; ambos anunciaron que darán un paso al costado en sus respectivos partidos.
(4) Utilizamos el término referéndum como sinónimo de plebiscito para describir todo tipo de consulta directa tal como se usa en nuestro idioma, independientemente de la distinción que establece el lenguaje jurídico uruguayo.
(5) Luego de conocerse el resultado del “Brexit” varios movimientos populistas europeos pidieron que se sometiera a referéndum la pertenencia a la UE de todos los países miembros.

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